La heroína a través del trabajo

- ¿Acaso no eres feliz en tu trabajo?
Costaba creer que fuera a emplear aquella frase, pero todo había conducido al jefe de área, Jesús Vergerón, a desenfundar aquellas palabras. Todo lo que ese departamento, esa oficina, esa compañía había dibujado era felicidad. Desde los casual mondays, los mensajes motivacionales en el anverso de las nóminas, la gaming room en la salita, la bandera LGTB una semana, todo suplicaba las sonrisas de sus empleados. Y pese a tan enconados esfuerzos, pese a enviar hacía apenas dos horas un artículo sobre los siete beneficios para la salud de una vida sexual activa, alguien parecía obstruir el camino de Jesús Vergerón y poner en cuestión todo aquel trabajo. Habría podido soportar una crítica. Incluso un insulto o que ella le hubiera dicho "la verdad es que este no me ha gustado, personalmente". Pero Maite Malo había optado por fingir que sí le gustaba.

Esta becaria, de metro cincuenta, voz tenue, ropa gris, pelo corto, manos pequeñas y ojos como canicas quería volver atrás en el tiempo. Pediría diez minutos para devolver un mail agradeciendo el artículo a Vergerón junto a un :). Daría todos sus desayunos por poder regresar y simplemente sonreír, mirar a su jefe y agitar los pies desde su silla jovialmente, sin que tocasen el suelo. Si le fuera concedido algún deseo, desearía entusiasmo genuino: reírse cuando le llega algo así, comentarios amables y acertados o poses elegantes para las fotos que sí compartiría. Pero solo hay deseos, no hay quien los cumpla. Lo que tiene en su lugar es una cara insípida, palabras y ánimos insípidos en resumen porque lo que tiene delante está vacío.

No hay tanto problema en haberse equivocado. Cualquiera se olvida de enviar un documento pero cualquier otro habría exclamado una risotada satisfecha al leer aquel correo. Por eso, por equivocarse en lo que parecía una total falta de interés, Jesús Vergerón le advirtió:

- Si vas a cometer un error, al menos esfuérzate por demostrar que no querías hacerlo.

Maite balbuceó unas cuantas conjugaciones inútiles hasta que se disculpó, puso los ojos en el infinito y cortó con frases cortas. "De verdad no quería. Hoy estoy cansada". Cualquier mentiras más prologada le revolvería el estómago, como las miradas de sus compañeros. Qué frase tan injusta: "Si te equivocas, que parezca que estas triste". Era lo que peor llevaba de su trabajo, la labor emotiva. Se puede madrugar, se puede ser repetitivo, se puede aceptar un sueldo pequeño pero el mercado pide una última tarea: alegrarte por ello. No lo hace porque sí, que sería pedir simple teatro a sus empleados, sino que ofrece bastones de paja en los que apoyarse. Todos los piscolabis, todos los speeches después de alguna campaña, eran un marcador: aquí, felicidad.

Se sonríe hasta volver al metro y se deja de sonreír. Después de esto, a Maite Malo no le apetece hacerlo en casa. Aún queda cocinar, comer, relajarse. Cuando despliega el cristal negro de su portátil ve una figura que la acompaña silenciosamente en el sofá. Cuando gira la cabeza encuentra a una persona a escasos centímetros de ella, pero no se altera:

- Tú no eres real - dice Maite, que acaba de reconocer a Tango Negro a su lado.
- Chica, necesitas alucinaciones. La vida real se está volviendo demasiado falsa para ti.

La joven becaria trata de atravesarle, pero su mano se posa en el pecho del superhéroe de la película que iba a volver a ver. No lo entiende, es obvio que no puede ser real. Se levanta con un solo pensamiento en la cabeza: si me lanzó contra la pared, despertaré. Sin embargo justo antes de colisionar los dedos de Tango Negro salvan su calavera del impacto:

- Afortunadamente para ti, soy la versión de mi mismo que ya ha pasado por toda la película. He adquirido una sabiduría en mi viaje y vengo a ayudarte en el tuyo, Maite.
- Déjame. Mira, esto es muy raro, debería poder hacerte dejar de existir...
- Es lo que siempre dicen mis enemigos...
- ... Solo necesito una siesta y volveré en mí... Dios mío, ahora me mando alucinaciones para tener sexo con alguien, supongo...
- Ya estás en una siesta. En algo más, en una siesta astral. Puedes observar tu cuerpo ahí mismo incluso - dijo el héroe, señalando a la pequeña Maite rendida en el sofá, con los ojos bien abiertos - Es raro la primera vez, ¿verdad?
- ¡Tango! ¿Por qué estás aquí? ¿Es por el trabajo? ¿Como soy una inmadura allí tengo que arreglarlo con niñerías dentro de mi cabeza?
- Como han prohibido la magia allí, te has encerrado aquí - dijo él apuntando al pecho del cuerpo dormido.
- No la han prohibido, es la magia la que no quiere ir a mi empresa. Es aburrida, ya está, no necesito esta intervención psicológica.
- Nunca hablé de tu empresa. Eres tú la que ha prohibido, hacia afuera, cualquier choque de sueños o de ilusión. Pero es a causa de tu empresa.

Ella se calló. Dejó de flotar y bajó su espíritu al suelo. No quería negar esa ayuda, aunque no quisiera afrontarla. Se sentía ridícula hablando consigo misma a través de avatares imaginarios. Después de toda la facilidad que tenía para agachar la cabeza al recibir una orden, le quemaba un orgullo cada vez que alguien le mentaba algo íntimo que no funcionase como se esperaba. Por eso odiaba que su jefe tratara de hacerla feliz. Ahora tendría que escuchar:

- Has dejado que te apaguen, Maite. Lo consientes todos los días, y permites que lo haga un cobarde - le dijo Tango, levantando la atención de aquel alma en la habitación - Ven conmigo, pronto va a suceder algo que tienes que ver.
Los dos espectros salieron disparados, cruzando los infinitos bloques de pisos en dirección al polígono empresarial donde trabajaba la joven becaria. Cruzaban como un destello por pisos vacíos, por pisos dedicados a la prostitución, por habitaciones con niñas estudiando y por salones donde varios muchachos veían películas porno juntos. Pasaron por gimnasios en ruinas, por vías del tren cruzadas y por despachos de suspiros. Cuando llegaron, Jesús Vergerón sintió dos escalofríos en su espalda.

La directora del departamento le había llamado a su despacho. La elegancia de ahorrarle la bronca frente sus compañeros se arruinaba con el pasillo de miradas que tenía que atravesar. Los ojos condensaban un miedo empático junto con el morbo de la deshonra:
- ¿Esto es real? - preguntó Maite - ¿Pasa de verdad mientras me echo la siesta astral?
- Sí. Todas las vidas suceden al mismo tiempo aunque solo creas en lo que ves.
Efectivamente parecía real. El miedo en la cara de Jesús trataba de romper una mueca forzada, constriñéndola aún más. Cruzó las puertas que separaban su mundo del de su jefa. La mirada de esta última estaba perdida en un papel. Hasta que le tuvo sentado no la disparó, con un gesto feliz, contra él. Estaba descontenta, decía, porque había tratado de retomar un trabajo que le había ordenado que cortase. Jesús trató de organizar una defensa: "Le estaba dando otro enfoque... No va a ser lo mismo, ya sé que no te gustaba...". "Y si ya lo sabes ¿Por qué me pones a prueba?". "Disculpa, no era ninguna falta de respeto. Lo mejor es cortar aquí. Olvidado". Lo demás fue pleitesía, de Jesús preguntando con interés por cómo habían ido los exámenes de la hija de su directora:

- ¿Qué se supone que tengo que sacar de esto, Tango? ¿Me tengo que sentir bien porque mi jefe se siente mal?
- No, tienes que aprender a poner la felicidad en su sitio.
- ¿Así? ¿Me lo dices y se supone que yo tengo que descifrarlo si es que tiene algún sentido?
- A mí me llevó diez años. Pero sé que podrías hacerlo en diez minutos.

Tango tenía razón, era el argumento de su película. Cuando se enfrentaba al profesor Salamanca con 19 años, el villano había matado a su madre porque tenía envidia de una mujer capaz de más cosas en la física que él. Cuando peleaban, Tango perdía porque estaba triste. El profesor Salamanca iba al combate en el velatorio de la madre, cuando el muchacho estaba abatido por la pena. Entonces comenzaba una huida que duraba la segunda mitad del primer acto y casi todo el segundo. Cada vez que el profesor Salamanca ofrecía un nuevo combate en que aplastar a Tango Negro este volvía a salir corriendo, llorando porque no podía hacerle frente. Hasta que encontraba a la orden de los Claveles Negros y aprendía que huir de algo que va a volver a ti es como trabajar en algo que no te gusta, te encerrará hasta que realmente te enfrentes a él. Además los Claveles Negros le enseñaban artes marciales y le daban una armadura y una lanza con dos cuchillas. Después de diez años huyendo se enfrentaba al profesor Salamanca y justo antes de matarlo, perdonaba su vida y dejaba que los Claveles Negros se lo llevaran a su guarida para darle otra lección moral de alto calado, presumiblemente.

Maite se despertó sudorosa, con la respiración acelerada. Se levantó bruscamente y se sentó de nuevo cuando sus ojos comenzaron a hacerle chiribitas. Inspiró profundamente y comenzó a meditar.

Al día siguiente hizo su trabajo correctamente y nada más terminar comenzó a hacerlo de nuevo, pero esta vez como ella sentía que tenía sentido hacerlo. No redactó un texto alabando cómo te hacía sentir el producto de la compañía, no hizo un trabajo que vendiera lo que hacía como algo sencillo, natural o una vuelta a los orígenes, sino que lo hizo como a ella le pareció más genuinamente divertido.

La tempestad no se hizo esperar. Jesús vio ambos trabajos y preguntó con notable desaire de qué se trataba el segundo, aunque Maite Malo ya lo había explicado:

- Mi segundo trabajo es un intento de ser feliz en esta empresa. Lo he hecho para que la gente lo disfrute, de hecho.
- A ti te parece que esto es normal ¿eh? En cualquier otra empresa simplemente sugerir que algo se haga de esta forma te puede significar que te vas a la calle, ¿sabes? Y a la mierda la formación que te estamos regalando, las meet up reunions y el sueldo que te estamos pagando.
- Bueno. He aprovechado que estamos en esta empresa y no en otra para hacerlo aquí. Y le he pasado una copia a la jefa - decía Maite con voz temblorosa y palabras atropelladas - A ella y a todos los compañeros, para ver si les gusta esta nueva forma de hacer lo que hacemos. Es una oportunidad que no hay que desaprovechar, como esta beca.
- ¿Esto es un...? ¿Me estás retando?... Mira, si a la directora no le gusta, estás fuera.
- Es donde quiero estar si no le gusta.
- ¡Pero!... - Jesús Vergerón exclamaba indigado - Ayer estabas más calladita ¿tú ya no entiendes lo que es un superior?
- He entendido, Jesús, que para ser un cobarde, al menos tienes que ser buena persona.

Caminó expulsada de vuelta a su puesto mientras el señor Vergerón tenía nublada su capacidad de soltar reprimendas y lecciones debido al enfado. Aquellas palabras le habían salido a Maite de un lugar sorprendente que ella no entendía, que es seguramente la definición de las cosas mágicas.

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